13 mayo 2021

La fiesta del Pueblo I

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REMEMBRANZAS.
 
“Los repetidos ciclos de la vida,
siempre cambiantes, pero siempre iguales,
re-colocan nuestros anhelos y nos imponen
el lugar que en ella ocupamos”

 (“La tierra que piso”. Laura Turuelo)

Hablar de las fiestas del Castillo de Alba, es de alguna manera, un reencuentro con el pasado y los sentimientos que van formando parte de los recuerdos.
El día 14 de septiembre, exaltación de la Sta. Cruz era la fecha en que se celebra la fiesta de Castillo de Alba, coincidiendo con el final de las tareas del verano.
Siempre oí, que ese era el topónimo del pueblo: aldea de Sta. Cruz, algo que no he podido contrastar.
El pueblo, en los años 60-70 estaba muy poblado, y todas las casas estaban abiertas.
Familias en las que la gente moza era el legado más importante.
Podría enumerar los nombres de las familias de cada casa…
En mi memoria de chiquilla, perdura un precioso ramillete de mozas que durante el verano iban preparando ilusionadas la perspectiva de las fiestas.
En las semanas próximas a ellas, se tapaban el rostro al máximo para que su piel perdiera el color moreno del sol del verano, por el que ahora tanto suspiramos.
Encalaban con primor las casas de blanco y rojo, que lucían bellos y naturales sobre las pizarras oscuras, casi negras, de los suelos.
Colores sacados de la tierra, incluidas las brochas que, al igual que las escobas para barrer la calle, se confeccionaban con diferentes tipos de plantas.

Al atardecer, todas se buscaban para ir a la fuente. Con sus cantaros de agua en las caderas y sobre la cabeza, en un ejercicio de destreza incomprensible para mi.
Momentos para hablar de rebecas, teresas, corte-campana, que no eran nombres de mujer, sino de moda…
Por esas fechas, aparecían en los pueblos, vendedores que a lomos de sus caballos, llevaban un cargamento de cosas variopintas y necesarias como hilos, agujas, azúcar, café, tijeras, pendientes, sortijas…etc. ¡Y…oh maravilla!…telas.
Unos tejidos que iban desplegando con garbo ante los atónitos ojos de las muchachas.
Si cierro los míos, aun veo aquellas telas coloristas estampadas con bellos ramos de flores, uvas, hojas…
Todo un desafío de magia…
Las chicas se ponían de acuerdo para elegir sus telas y hacerse el más bonito vestido del figurín de moda.
La fiesta llegaba.
Ese día, por la mañana, los mozos, con traje de fiesta jugaban a pelota, en la plaza, sobre el lienzo central de la iglesia.
Las campanas volteaban alegres convocando a la misa en un incesante repiqueteo…din-da…din din din dan.
Iban llegando gentes de los pueblos cercanos y algunas de más lejanos lugares.
Las mozas, bellísimas, estrenando sus vestidos, con las cabezas cubiertas de mantilla, asistían a la misa.
Los hombres colocados en la parte de atrás de la iglesia.
Las niñas más cerca del altar.
Con sus velones encendidos y vestidas de negro, las mujeres de más edad.
La misa era cantada y en latín… aun oigo a las mozas con sus claras voces entonando los «kiries».
Se tocaba el himno nacional y se sacaba la procesión, entre loas y cantos, a la virgen del Rosario, patrona del lugar.

Todo era bullicio no contenido.
En las casas se esforzaban por acoger a los visitantes con lo mejor que había en ellas…
Los bailes eran la gran atracción de chicos y grandes, y los nocturnos lo más esperados por jóvenes y forasteros, que tenían oportunidad de conocerse.
Aunque siempre vigilados por los ojos de madres, y familiares que opinaban sobre los bailadores pretendientes de sus hijas, sobrinas, etc.
La fiesta duraba dos intensos días en los que descansar no era prioritario… se comía, se bebía, se confraternizaba… se sellaban amores y amistades.
En ellos se cerraba el ciclo veraniego.
Estas fiestas, de origen incierto y ancestral convocan a la unidad, al conocimiento de diferentes culturas, al intercambio de saberes. Al enriquecimiento colectivo.

Empieza la sementera.
Los días se acortan…
Es tiempo de recogimiento. De introspección…
Comienza un nuevo ciclo.

«Yo viví estas experiencias desde mi posición de niña de ciudad.

Solo estuve en Castillo de Alba hasta los tres años. Pero para mi, ir al pueblo de mis abuelos era el mayor de los premios.
Era mi sitio.
El lugar donde me sentí más querida y cercana a la gente, y a mi misma
nunca me quería marchar…
Por entonces tía Obdulia (hermana pequeña de mi madre) era una de las mozas.
Guardo mucho amor y respeto para ella, por todo el cariño que me dio en aquellos días tan lejanos y cercanos en mi memoria».

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2 thoughts on “La fiesta del Pueblo I

  1. Gracias.
    Enhorabuena para todos los castillej@s.
    Ya llega el verano y una relativa normalidad.
    Asi que, los que vayais al pueblo, disfrutad mucho del verano.
    Cuidaros y cuidad del entorno.
    Y respetad las distancias.
    Abrazos virtuales para tod@s.

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